La líder interina del chavismo, Delcy Rodríguez (izquierda), celebró este lunes los 18 años de la Juventud del Partido Socialista Unido de Venezuela (JPSUV) con un homenaje a tres mil brigadistas que participaron en labores de asistencia después de los terremotos del 24 de junio. Durante el acto fueron condecorados 60 representantes de las llamadas Brigadas de Solidaridad y Rodríguez presentó a la «juventud revolucionaria» como ejemplo de servicio comunitario, resistencia frente al supuesto «bloqueo económico» y defensa de los valores promovidos por el chavismo. La actividad contó también con Diosdado Cabello (izquierda) y Jorge Rodríguez (izquierda), dos de las principales figuras del aparato político que permanece en el poder.
El voluntariado después de una emergencia constituye por sí mismo una actividad legítima y socialmente útil. El problema que plantea el aniversario de la JPSUV es más profundo: una organización partidista presenta esas tareas dentro de un proyecto explícito de formación ideológica y las incorpora a la identidad de una generación que, por edad, prácticamente no ha conocido otra estructura de poder en Venezuela. Los estatutos del PSUV establecen que la JPSUV agrupa a militantes de entre 15 y 30 años y que constituye su «ámbito de actuación inicial» dentro del partido, siempre bajo sus lineamientos. Ese mismo estatuto establece un Sistema de Formación Socialista encargado de la preparación político-ideológica de la militancia.

Una generación que creció con el chavismo
Un joven de 30 años en 2026 nació alrededor de 1996; uno de 15, en 2011. Eso significa que prácticamente todos los actuales integrantes de la JPSUV crecieron después de la llegada de Hugo Chávez (izquierda) al poder en 1999 o eran demasiado pequeños para recordar una Venezuela anterior. Para esos cuadros políticos, conceptos como revolución bolivariana, socialismo del siglo XXI, misiones sociales, poder popular y confrontación con el «imperialismo» no representan una ruptura histórica que presenciaron: forman parte del entorno político en el que fueron educados.
La propia declaración fundacional de la JPSUV definió a la organización como instrumento para profundizar la revolución y construir el «nuevo hombre» y la «nueva mujer» requeridos por el socialismo del siglo XXI. Su estructura no fue concebida simplemente como un espacio de participación juvenil, sino como mecanismo para formar militantes y vincularlos con organizaciones comunitarias bajo los objetivos políticos del PSUV.
Esta dimensión permite entender de otra manera el acto encabezado por Rodríguez. La solidaridad después de un terremoto queda integrada al relato político del partido: ayudar a las comunidades no aparece únicamente como deber ciudadano, sino como demostración de las virtudes de la «juventud revolucionaria». La frontera entre Estado, servicio público, militancia y propaganda partidista se vuelve entonces menos clara.

Dependencia del Estado convertida en herramienta política
Uno de los efectos más profundos del modelo chavista ha sido presentar al Estado no solamente como garante de servicios básicos, sino como proveedor directo de alimentos, bonos, viviendas y otros beneficios administrados mediante estructuras fuertemente vinculadas al partido gobernante.
Naciones Unidas documentó que los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) mantuvieron estrechos vínculos con las estructuras territoriales del PSUV y recogió testimonios de ciudadanos amenazados con perder alimentos por no respaldar al oficialismo o por participar en protestas. El informe calificó el programa como instrumento utilizado para propaganda y control social. Años después, el relator especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación volvió a advertir que los CLAP eran susceptibles al clientelismo político y que algunos beneficiarios denunciaban exclusiones por expresar posiciones críticas.
El problema no reside en que un Estado ayude a ciudadanos vulnerables. Las políticas sociales forman parte de las obligaciones legítimas de cualquier gobierno. La degradación institucional aparece cuando el acceso a esas ayudas se mezcla con la fidelidad política y cuando el ciudadano pasa de ser titular de derechos a convertirse en beneficiario dependiente de una estructura partidista.
Ese modelo también afecta la cultura política que heredan las nuevas generaciones: prosperar puede quedar asociado a conseguir un bono, una asignación o acceso a una estructura estatal, en lugar de concebir al Estado principalmente como creador de condiciones para estudiar, trabajar, emprender y desarrollar autonomía económica.

Colectivos y disidencia: el otro rostro del sistema
La juventud socialista se forma dentro del mismo sistema político que durante años ha convivido con grupos armados progubernamentales utilizados contra la disidencia. Human Rights Watch documentó que fuerzas de seguridad y colectivos participaron en abusos después de las elecciones de 2024, incluyendo intimidación, detenciones arbitrarias y asesinatos de manifestantes y transeúntes. Su investigación encontró que, en varios episodios, las fuerzas de seguridad intervenían inicialmente y posteriormente llegaban integrantes armados de colectivos para intimidar o atacar a quienes continuaban protestando.
La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de Naciones Unidas concluyó además que la represión postelectoral de 2024 dejó 25 muertos y cientos de heridos o detenidos, dentro de uno de los periodos más graves de violaciones de derechos humanos de los últimos años en Venezuela.
Para una organización juvenil que se presenta como defensora de la revolución, esta realidad plantea una contradicción difícil de ignorar: se exalta solidaridad hacia quienes sufren una catástrofe natural mientras el sistema político que se enseña a defender ha recurrido a la coerción contra venezolanos que disienten.

Chávez, Fidel y Che como referentes de formación revolucionaria
La identidad histórica de la JPSUV tampoco se limita a reivindicaciones sociales. La organización ha rendido homenajes públicos al dictador cubano Fidel Castro y dirigentes juveniles llegaron a declarar que sentían orgullo de pertenecer a una generación que conoció tanto a Castro como a Chávez y que tenía el compromiso de transmitir su legado.
Materiales divulgados en espacios de formación vinculados a organizaciones locales de la JPSUV han incluido textos de Lenin, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, entre ellos La guerra de guerrillas y escritos destinados específicamente a definir el papel del «joven comunista». Esto no permite afirmar que todos esos textos constituyan actualmente un programa obligatorio nacional, pero sí muestra las referencias ideológicas que históricamente han circulado dentro de la organización juvenil chavista.
La consecuencia es una concepción de la juventud política muy diferente a la de una organización cívica pluralista: disciplina revolucionaria, lealtad al proyecto político, confrontación con adversarios ideológicos y una narrativa histórica en la que figuras de revoluciones armadas son tratadas como modelos.

JPSUV no representa a toda una generación
El resultado no permite afirmar que toda la juventud venezolana haya adoptado esos valores. La propia crisis del chavismo demuestra lo contrario. En las protestas posteriores a las elecciones de 2024 participaron masivamente habitantes jóvenes de sectores populares que históricamente habían respaldado al oficialismo, mientras decenas de adolescentes terminaron detenidos. Human Rights Watch registró que 42 menores de entre 14 y 17 años permanecían encarcelados hacia finales de ese año por hechos relacionados con las protestas.
Además, millones de venezolanos jóvenes forman parte de la diáspora que abandonó el país durante la crisis económica y política, por lo que la generación formada durante el chavismo está lejos de constituir un bloque ideológico homogéneo.
El aniversario de la JPSUV permite observar algo más específico: qué tipo de ciudadano intenta producir el chavismo dentro de sus propias estructuras juveniles. La combinación de formación ideológica subordinada al partido, asistencia social susceptible de convertirse en clientelismo, exaltación permanente de dirigentes revolucionarios y convivencia política con mecanismos de coerción contra la disidencia constituye un deterioro de valores cívicos como autonomía, pluralismo, responsabilidad individual y tolerancia democrática.
La imagen de tres mil jóvenes ayudando después de un terremoto puede representar solidaridad genuina. Convertir esa solidaridad en prueba de fidelidad revolucionaria, sin revisar críticamente el sistema político en cuyo nombre actúan, revela una contradicción mucho más amplia de la generación partidista que el chavismo lleva 18 años formando dentro de la JPSUV.