El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva (izquierda), anunció que aprovechará su participación en la Asamblea General de Naciones Unidas para decirle personalmente al mandatario estadounidense, Donald Trump (derecha), que «no se meta» en las elecciones brasileñas previstas para octubre. La declaración fue hecha durante un acto de campaña en Brasilia, donde Lula reforzó la idea de que Washington estaría intentando influir en la política interna de su país. El tono escogido por el mandatario brasileño recuerda al discurso antiimperialista utilizado durante años por el dictador fallecido Hugo Chávez (izquierda), quien convirtió la confrontación verbal con Estados Unidos en una de las bases de su narrativa política.
La nueva ofensiva discursiva de Lula coincide con un momento delicado de su campaña. Varias de las encuestas más recientes ya colocan numéricamente por delante al senador Flávio Bolsonaro (derecha) en un eventual balotaje. Veritá registró 48,5% para el parlamentario frente a 43,1% para Lula, mientras Gerp le atribuyó 47% contra 40%. Quaest también mostró a Flávio arriba por primera vez, con 42% frente a 40%, y AtlasIntel/Bloomberg lo ubicó con 47,2% frente a 46,8%. Aunque algunos de estos escenarios continúan dentro del margen de error, el dato político central es que el hijo del expresidente Jair Bolsonaro ya aparece superando a Lula en varios sondeos nacionales, algo que refuerza la presión sobre la campaña oficialista.
Para el público latinoamericano, el movimiento resulta familiar: cuando gobiernos de izquierda enfrentan desgaste interno o dificultades electorales, suelen recurrir a la denuncia de una supuesta injerencia estadounidense para reagrupar apoyos, movilizar a su base y desplazar el debate desde problemas domésticos hacia la soberanía nacional. Lula no ha llegado al nivel de radicalización retórica de Chávez, pero el recurso escogido va en esa dirección: plantear la campaña como una disputa entre Brasil y presiones externas, justo cuando enfrenta un escenario electoral más difícil y cuando Flávio Bolsonaro comienza a consolidarse como una amenaza real en la carrera presidencial.